Opinión

Chao Cristina

Por Alexis Castillo / @alexisnoticia

Vivir en pareja no es cosa fácil. De ser así, es un tributo permanente a la felicidad, el amor y la comunicación.

Si algo va mal, se habla, claro que hay baches en el camino, pero cuando dos personas deciden estar juntas hay un compromiso por sanear aquello que provoca ruido en pos de superar un obstáculo.

Si hay sentido de dirección para sostener el amor, la sabiduría impone salvar a toda costa ese sentimiento que hace a dos estar unidos. Si la tempestad amenaza, las raíces del árbol robusto son difíciles de arrancar de la tierra.

Es un engaño no prestar atención a los detalles, porque son justamente esos los que marcan la diferencia en una relación de dos.

Sucede que el fracaso está a la vuelta de la esquina cuando una pareja ya no oxigena ese tributo permanente a la felicidad, sino que se convierten en esclavos de las peores diferencias. Nada prospera, poco crece, naufraga todo.

Es una constante que suelo ver reproducidas en muchas parejas, pero que pocos con habilidad logran divisar.

Si usted es de los que piensan que una pareja está blindada contra todo mal, déjeme desconcertarlo, porque somos seres humanos y los humanos no estamos exentos de fallar.

Lo más sabio cuando una pareja ya no encuentra el rumbo de lo feliz es la distancia, porque es mejor terminar sin traumas, sin  daños colaterales.

Y es justamente este tema lo que me inspira a conversarles trayendo a colación el título de una célebre telenovela venezolana de los años 70: Chao Cristina.

La historia de Cristina Cáceres de Paiva, quien al enviudar, descubre la naturaleza corrupta de su esposo y se siente cómplice por su excesiva ingenuidad.

Ella se recompone, y, con temple y fortaleza, asume la revisión de su vida, renaciendo de sus cenizas para decidirse a disfrutar del amor verdadero con Álvaro Vera, el esposo de su mejor amiga Clara Rosa Arismendi. Un drama cabrujiano que sigue estando vigente.

Algunos reverdecen, se rehacen después de haberlo dado todo en medio de una relación tempestuosa, difícil, asfixiante.

Es quizás la máxima notable de todos aquellos que miran más allá del horizonte y no se apoltronan en la comodidad de la autocomplacencia y la frustración.

A veces parece difícil superar un fracaso, los apegos pesan y bastante. La costumbre se adhiere pegajosa a la piel y cuesta deslastrarse de ella para recomenzar.

Lo que importa es la honestidad con la cual se luchó por evitar aquello que ahora es una pérdida o un hasta luego. Porque uno debe saber hasta qué punto se hizo lo necesario para dar un cambio a la situación.

Si los esfuerzos fueron inútiles, entonces no hay nada que hacer, uno debe dar un paso al costado.

Quizá la actualidad tan estereotipada en que vivimos, la frivolidad abrumadora, las obligaciones morales, sociales, culturales y socioeconómicas son caldo de cultivo para ver fracasos solapados.

Hay quienes optan por disfrazar que su relación de pareja ha muerto, que no reacciona ni con electroshock. Se consumen en el dolor, prolongan la agonía.

Si te quemas por culpa del amor, renace de las cenizas. No hay vuelta atrás. No hay tiempo para pesimismos perennes.

Ciertamente, cuando caes de un puente no dejas entrar tan fácil a la felicidad sin antes hacerle una inspección.

Debes repetirte a ti mismo que tu historia sigue un curso, que puede que no tenga un final feliz, pero eso no hace el final de tu historia, tú eliges quién quieres ser y con quién compartir un comienzo con sonrisa en los labios.

La felicidad suele perdurar si el suelo en la que germina es realmente fértil. Produce gozo acariciarla todos los días, es como el agua en medio de una sequía, como la suave brisa que acaricia el rostro.

Si dos personas se comprometen a sostenerla, primero pasa porque ambos crean en ella con la intensidad de la verdad, como la chispa que enciende un fuego eterno.

Se vuelve espejismo si quienes la atesoran o la buscan la convierten en un objeto muerto, en una flor marchita.

Muchas veces ocurre que quienes se juran amor terminan sus días desconociendo los motivos genuinos de eso mismo que los hizo unirse. Puede ocurrir que prefieren ignorar cuando el suelo se resquebraja y basta con un leve movimiento para que todo se venga abajo.

Aquello que fue fuente de amor, termina borrado por las torpezas deliberadas, por el engaño permanente y la complacencia en el placer instantáneo y artificial.

Hay que mirar el mundo con luminosidad, huir de la involución emocional.

Decirnos: “Aquí hay quien viva”. Sin distracciones tontas, reír, sin prestar atención a hablar con honestidad en alguna esquina.

 

Si sientes que flaqueas, no vomites mentiras, da una lección de superación. Piensa en lo mucho que vales, sal adelante por tus hijos, por lo único que queda que no es más que tú misma o tú mismo.

 

Más que miedo, muestra coraje. Primero, está tu presente y futuro, el resto es cosa de tiempo para que cada cosa tenga su lugar. Eres superación y salvación. Podemos reconstruir, podemos ser mejores. El ayer es historia. Chao Cristina.

 

 

 

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