Crónica

Santa Ana: Cenicienta tranquila

Texto y fotos: Alexis Castillo (@alexisnoticia)

Toda la vida humana en el municipio Santa Ana  resulta apacible.  Es un pueblo sin autosuficiencia, necesitado del ardor con el que suelen alzar su voz los evangelizadores en las plazas públicas.

Privada de exotismos, en esta localidad ubicada en la zona centro del estado Anzoátegui (en el oriente  venezolano),   sus habitantes viven divorciados de lo histórico, sumergidos en la vida inmediata.

Es un pueblo que se recorre fácil, con lugares comunes, aunque siguen en pie las casas donde funcionaron salas de cine que entretuvieron en sus salas de proyección a tanto público, el mismo que sucumbió al hechizo de la televisión y rápidamente olvidó estos lugares.

A donde quiera que mire, hay árboles gigantescos de los que cuelgan mangos, esa fruta de pulpa y carne dulce, exquisita, alimenticia que está en la memoria gustativa de todos los venezolanos.

Si se anima a visitar a Santa Ana y emprende el viaje desde Barcelona (capital) llegará por carretera en hora y 20 minutos. Desde cualquier municipio aledaño el tiempo es más corto, cuestión de minutos.

Más por hacer

Propios y visitantes encontrarán contrastes, algunos hieren la vista: Una ruralidad extendida en el tiempo. Pasear por sus calles es fijarse que no todas están asfaltadas, sino aquellas que sirven de acceso principal, el resto es un panorama indolente.

Monumental se observa el enorme complejo petrolero San Roque, única planta en su tipo que produce parafina en todo el país,  que lejos de contribuir al pleno desarrollo, suprimir la vida precaria  que ambula públicamente, ofrece más bien un fondo decorativo de insolente riqueza.

La vocación agroproductora de Santa Ana, su rico suelo, su clima, la hacen prometedora al progreso económico, político y cultural. Pero sigue sin despegar, entre otras, por causas tan absurdas como por la falta de agua, en una zona  por la que antes culebreó el río Orocopiche con un torrente caudaloso y bendito, hoy infelizmente no fluye para calmar la sed.

Además, se me hace injusto que esta localidad posea una planta para procesar harina de yuca y su uso sea desconocido o nulo.

Estoy convencido que hace falta fuerza de coraje, convicción de exigir más a la paquidérmica planta para emprender la tarea común de mejorar la calidad de vida local.

La complacencia la evasión de los problemas reales es, por desgracia, muy extendida en sociedades conformistas. Apuesto a que en este territorio, es viable vencer la indiferencia, robustecer la identidad, la solidaridad y elevar la autoestima ciudadana.

Ambiente perfumado

He llegado un día de festejo por los 282 años de la fundación del pueblo. Hay movimiento en las calles, todo mundo huele a perfume, aromas que impregnan el ambiente. Muchos visten sus mejores galas acorde a la conmemoración.

Los adolescentes exhiben su alegría por las calles. Hay en Santa Ana una simpatía cálida, es un placer sentir la decadencia del día, la brisa del anochecer durante el recorrido que hago por sus calles, empapándome de su apariencia doméstica y risueña que  impregna toda la vida.

En la noche hay fiesta. Los lugareños se han congregado en la plaza Bolívar, que es el sitio de encuentro por excelencia.

La noche es sabrosa, sacudida por ritmos llaneros,  licor abundante,  una diversión que distiende el ánimo.

Mientras estoy a pocos metros de la tarima principal,  observo al alcalde entre la muchedumbre que plena el lugar, aunque algo me causa ruido: acude rodeado de sus escoltas y agentes policiales, sin que exista la menor posibilidad o interés en hacer contacto directo con su gente, sus electores y gobernados.

Es una escena que me parece digna de una broma delirante, pero me comentan que su impopularidad le lleva a marcar tal distancia.

 Hermosa transformación

Mi entusiasmo por Santa Ana nace de varias visitas hechas hace semanas. Visitas que me permitieron caminar por sus apacibles calles respirando su aire limpio, atento a sus casas antiguas y grandes, al ir y venir de su gente. De pasear como debería hacerlo todo forastero.

Realizo mi caminata junto a mi amigo Daniel, que me sirve de anfitrión local. Está siempre conmigo apuntándome algún dato necesario de toda esa tranquilizadora y benigna realidad que me rodea.

Antes de ir a visitar la iglesia local, nos detenemos a saborear algunos dulces que elabora artesanalmente Xiomara Puccia. En modesto local ubicado en la calle Sotillo, lateral al templo, encuentro Alfajores, tortas y tartaletas con relleno de mango. Una delicia.

Luego me adentro al interior de la imponente iglesia, me consigo un universo sensorial, privado de grandilocuencia, pero no deja de ser un lugar consagrado a la fe provinciana, ese ritualismo mítico, repleto de significaciones simbólicas, de religiosidad y espiritualidad eterna.

Al ver la imagen de la patrona Santa Ana –  cuya celebración católica ocurre, entre el 23 al 27 de julio- uno está al frente no de una mera imagen, sino delante de una deidad que produce un  encuentro de fe, porque la imaginación colectiva la ha rodeado de virtudes y valores.

Pienso que Santa Ana es una tierra noble, que puede abrirse paso y dejar esa letanía aburrida, empobrecedora, y atrasada. Sólo en esa dirección dejara de tener una imagen retórica que llena la boca de demagogos y oportunistas.

Comparto lo dicho por el cronista, Danilo Reyes, en cuanto a que los santaneros deben oxigenar el combate por el desarrollo, unirse pese a las diferencias naturales para alcanzar una sociedad sin complejos de inferioridad, más optimista en sus expectativas sobre el futuro.

Reyes sostiene que el escaso liderazgo político y social no ha logrado reventar esta postración. En mi opinión eso no será posible con politiquerías.

Se logrará con una comunicación inteligente, compresión de la realidad social, de ir redescubriendo los beneficios de progreso, que dejen de confundir deseos con la realidad.

La mejora de las condiciones de vida en Santa Ana tiene como vías dotar de mayor comprensión sobre el ejercicio de la ciudadanía, de la participación política, no para hacer de hombres y mujeres un rebaño de zombis, sino para luchar por lo posible y real, y sacudir la costumbre del atraso, dependencia, desigualdad.

Sin este lastre, Santa Ana, florecerá de pequeña y bostezante cenicienta, a un alto nivel de vida. Quisiera verla transformar de gusanito a mariposa.

 

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