Crónica

Egotripeo y una bolsa con pan

Alexis Castillo/ @alexisnoticia

¿A quién no le gusta comer pan? Tostado, con algún relleno, con café con leche, listo para untarle mantequilla, mermelada o acompañar alguna comida.

¿Se le hace agua la boca verdad? El asunto es que el pan, hoy en Venezuela, es un artículo preciado, tan  apetecible como escaso. En estos tiempos de desabastecimiento angustioso, es difícil obtenerlo en su precio regulado, si lo logra, es previa cola maratónica a las puertas de las panaderías

– ¡Chamo, hay pan! Dice a alto volumen un hombre blanco, bajito y barrigón que entra a la panadería, y al ver el agite, se muestra más contento que político recibiendo donación para su campaña.

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Es lo que vemos o escuchamos entre consumidores excitados por la falta de alimentos, en un país donde lo usual se vuelve sorprendente. Por estos días, poder adquirir una simple barra de pan te convierte en un afortunado, es mi caso, un portador de alegría.

Mi punto de partida es por demás básico: Tuve ocasión, hace días, de contar con tan buena estrella al comprar la variedad de pan Campesino, lo que me convirtió por instantes en una estrella de rock, con un tesoro comestible una tarde del lunes lluvioso.

Aclaro que no lo esperaba. Había salido de casa por la tarde con el objetivo de recargar mi teléfono celular, y siempre hago un alto acostumbrado en la panadería, donde desde hace semanas, no había contado con éxito para llevarme el pan a precio regulado.

– ¿Uno o  dos panes?_ me interrogó el vendedor de la panadería.

-Uno_ le respondo luego de escucharle que el valor son Bs 600 y había que pagarlo en efectivo.

En mi cartera me quedaron apenas 300 bolívares, necesarios para comprar dos tarjetas y activar el saldo de mi celular.

El tener el pan en mis manos se convirtió en algo extraordinario, les confieso que fue un hit. Los venezolanos no entendemos cómo nos falta algo tan elemental por culpa de la “guerra económica”, la crisis global, petróleo a precios bajos.

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Foto: mundo24.net

 

En esta aldea azaroza, comprar alimentos básicos pasa por  hacer una fila que es, la imagen más contundente para entender el tamaño de un problema que nos agobia, una escena tan poco frecuente en la historia reciente.

Sentí emoción, felicidad, decepción y sorpresa por el vaivén de este momento cotidiano. Sostengo que algo ha cambiado con tantos trajines en esta patria rica en petróleo, pero sometida a un calvario económico que en algún momento tendrá que terminar, para dar paso a la recomposición del optimismo, de la autoestima colectiva.

Poseedor de este manjar, encuentro que en la panadería asumimos una especie de epopeya de aceptación, la aceptación a conformarnos con esta situación antes desconocida. Un acto común, ahora nos transforma en esclavos del azar.

Lo que les cuento no es una provocación barata, es la realidad de la penuria grafiteada en la piel de mi nación. Pero, recuerdo que debo ir a adquirir las tarjetas del móvil. Así que sigo mi marcha.

– ¿Dónde pudo comprar pan?_ me increpa un desconocido que encuentro de frente justo después de cruzar la acera.

-En la panadería compa, justo allá_ le respondo y señalo en dirección a la panadería.

– ¡Yo quiero paaaannn!_ me grita una conductora que siguió con la mirada lo que llevo en el interior de la bolsa plástica transparente, hasta perderla de vista al doblar la esquina.

Todo aquello me causa gracia, son reacciones que van surgiendo en el camino, les confieso que voy egotripeado.

Al menos tres de cinco de las personas que encuentro de frente en mi trayecto, no dejaron de ver aquella barra de pan exquisito y tibio que llevo en mi mano derecha. Ha sido como si hubiera sacado a pasear un ornitorrinco o estuviera acompañado de algún nudista en plena calle.

¡Oh, sorpresa!, también la chica que me vende las tarjetas telefónicas quiere canjeármelas.

– Señor, si quiere me deja el pan y se lleva las tarjetas_ me suelta con sonrisa tramposa esta muchacha delgada que lleva una blusa floreada, pantalones vaqueros y botas.

Estallo en risa, porque no pensaba que la cosa era para tanto. Bromeo  con tal proposición, pero salgo del lugar como turbado tras una explosión de fuegos artificiales.

De regreso  a casa, ha sido como caminar por la alfombra roja a costa del bendito pan. De repente, imagino que puedo ser una estrella con ínfulas insoportables, no más por cargar con esa luminosa gema alimenticia que en minutos degustaré con un par de lonjas de queso blanco y jamón.

Soy consciente que no escapo de las miradas escrutadoras de otras personas, veo como sus ojos se agrandan al observar que llevo pan, se les dibuja un rictus en el rostro, de asombro, como impresionados por la seducción de un producto básico que destila delicia.

Miro el reloj y es cosa de minutos para finalizar mi recorrido. Apuro el paso. Dos niños me miran con ojos extrañados, uno de ellos me apunta con su dedo índice desde lejos y el otro, cruza la calle para coincidir conmigo. Me hago el que no los he visto.

– ¿Dónde compro pan señor?_ interroga el pequeño que me sale al paso, mientras su compañero lo observa distante.

Le invito a que pregunte en la panadería que está a escasos metros, por si todavía no se ha acabado el pan, pero le dejo con cara de lamento, porque me dice que llegaron muy tarde, todo el pan ha sido vendido.

Sigo caminando, mojando mis pasos, con la sensación de que aquí no acaba todo sino que pronto tendré que empezar mi búsqueda de nuevo. Es la historia circular de una tragedia.

Al pasar por unos edificios, dos perros mestizos salen a ladrarme y arman un estrépito imparable, me digo, si es que no estarán también preguntando dónde compre el pan que llevo a casa.

Cosas de un periplo de aquel lunes lluvioso que terminó dos horas más tarde.

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