Crónica

Pesca salvadora

Texto y fotos: Alexis Castillo / @alexisnoticia

En Píritu, los pescadores encontraron cómo hacer dinero y muchos pobladores de este municipio, al oeste del estado Anzoátegui, región petrolera del oriente venezolano, también logran saciar el hambre y paliar la necesidad.

Basta con adentrarse más allá de las rancherías adyacentes a la troncal 9, que se levantan entre tierras fértiles, que bordean un mar de oleaje oceánico. Allí el agua es turquesa y aunque parece haber más monte y culebra, son más y más las personas que participan de la faena de pesca.

En este sector las calles son de tierra y pocas casas tienen paredes de cemento. Sin importar la época del año, en esta localidad llegan pescadores en sus lanchas aplicando la pesca de arrastre, encontrando no sólo un enjambre de peces, también a una muchedumbre que les espera con sacos, envases y ganas de aprovechar la azarosa recolecta marina.

Es sábado y por la tarde el sol está encerrado entre nubarrones. Hay un gentío retozando en la playa, mirando el horizonte que desnuda a las embarcaciones en dirección a la costa.

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 “…muchos se comportan tan impulsivos y voraces como los alcatraces”

Todos aguardan el toque en costa de los botes, cuyos tripulantes han estado pescando todo el día. Son casi las 2:00 pm y en minutos en el lugar se aglomeran tantas personas como alcatraces, tijeretas y gaviotas.

Nadie espabila, nadie se duerme, algunos se sientan a ver el espectáculo que comenzará pronto, una vez que los pescadores arrojen las cuerdas para tirar de redes gigantescas, que han hecho un gran círculo en el mar y traen cautivas a distintas especies.

La pesca no es con anzuelo, sino con, unas redes gigantescas semejantes a unas tenazas, cuyo tejido arrastrado por la fuerza de las embarcaciones con motor fuera de borda, va peinando todo a su paso.

Como espectador me planto en la orilla de playa para ver la escena en pleno desarrollo. Cuando llegan los botes a la costa, un tripulante lanza un mecate a un muchacho que antes se ha puesto unos guantes para evitar cortaduras por la fricción.

Los alcatraces van llegando y tomando posición al centro de la red. Otros hombres se suman para comenzar a halar la red. De aquí en adelante, comienza un frenesí.

–Aquí empieza lo bueno –me advierte un muchacho que termina de fumarse un cigarro y se percata de mi labor de reportero.

Voraces como los alcatraces

Los pescadores y los que llegan para ayudar en esta faena de pesca no siempre han convivido en armonía. Ha habido peleas, heridos y hasta disparos. Al principio, cada quien hace su parte del trabajo, pero luego que ven venir los peces a la orilla, muchos se comportan tan impulsivos y voraces como los alcatraces. Esto es lo que desata la ira y el desorden.

Pese a que los pescadores exigen ayuda para traer la red cargada fuera del agua, hay varios sacando afanosamente los peces. Les reiteran que habrá para todos, que dejen de cogerlos como ladrones. Son como aves hambrientas. Hay regaños, amenazas hasta que por momentos, los pescadores imponen a rajatabla la calma.

Apenas logran mover la red unos metros a la orilla, empieza otra jornada, la de sacar velozmente en cestas los peces de mayor tamaño y los langostinos. No es cosa fácil, porque en este punto los pescadores deben contener con mayor determinación a un ejército de gente con más ánimo de llenar velozmente bolsas, envases y sacos con pescado.

El pendejo no lleva nada –me aclara “Cheo”, un policía jubilado que sabe cómo pescar en esta zona.

“Cheo”, como popularmente lo saludan conocidos en este lugar, me recuerda que, años antes, no era muy común ver este tipo de situaciones. Hoy, en cambio, apenas la gente divisa botes de pesca en altamar, la información se esparce como un virus y un gentío llega a la costa, como traída también por el oleaje. El alcatraz, las gaviotas, los perros también comparten la vigilia a la espera de la multiplicación de los peces.

 Un festín de peces

El domingo es la misma imagen. Mi hermano Miguel, me cuenta que de la ranchería y barrios de Píritu y Puerto Píritu llegan personas para participar de esta faena. Este domingo por la tarde, el cielo negruzco presagia un fuerte aguacero.

–Se organizan en grupos– me explica, al tiempo que Manuel, un chico bajito, de rasgos marcadamente indígenas a quien apodan “el Indio”, añade que la gente se mete tanto para ayudar como por llevar en la mano algunos pámpanos, róbalo, mojarra o un puñado de sardinas.

–Todo el mundo cuando ve el pescado se arroja sobre él, hay tanto que no hay control, por eso se presentan problemas– me agrega “el Indio”, quien tiene tres niños y una mujer embarazada que alimentar y está desempleado.

De la pesca subsisten familias enteras. Además, muchos comerciantes de pescado ganan de esta jornada prodigiosa y rudimentaria, las mujeres consiguen comida fresca e incluso compradores consiguen mercancía a buen precio.

–Generalmente los pescadores ganan por los pescados grandes que se llevan, eso les compensa el día– me puntualiza mi hermano Miguel, que se arremolina entre el cardumen humano que bordea la red.

–Con esto, muchos resuelven el hambre– me dice una mujer a quien he visto muy activa echando mano a las cestas que cargan agitados los pescadores hacia los botes. Esta cincuentona, lleva un pañuelo colorido en la cabeza y carga con un tobo en cuyo interior lanza el pescado que recibe y consigue en medio de aquel festín.

 “De la pesca subsisten familias enteras. Además, muchos comerciantes de pescado ganan de esta jornada prodigiosa”

Han sido dos días observando este panorama, metido entre aquella muchedumbre, de pescadores y alcatraces. Me voy con la impresión de que esta actividad podría contar con mayor potencial, al tiempo que  se evite el daño al lecho marino.

Todo esto, me trae a la mente el pasaje bíblico de la multiplicación de los panes y los peces, uno de los milagros  de Jesús, tan oportuno por estos días de escasez, de poco o nada en el refrigerador, de economía de altos costos, en los que la pesca salvadora sirve para alimentar a toda una multitud.

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