Crónica

Supervivientes

Alexis Castillo / @alexisnoticia

Cruzar la puerta principal del hospital de niños Rafael Tobías Guevara en Barcelona, estado Anzoátegui, es como ingresar al estómago de un horno por poco humeante producto del calor.  Conforme transcurren las horas del día el ambiente se torna vaporoso.

En las escalinatas y pasillos laberínticos circulan trabajadores, familiares de pacientes, médicos, enfermeras. Hay galenos dentro y fuera del centro pasando consulta, revista.

Hay gente de buena fe llegando desde distintos lugares, escuelas, liceos, instituciones con ayuda: comida, ropa,  escolares pintándoles caritas a algunos pequeños, animándoles con juegos en este intento por evitar la desesperanza.

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Son cerca de las 8:40 am en la entrada del área de Hospitalización, hay cuatro mujeres sentadas que no responden el buenos días. Es como si les extirparon las ganas, el ánimo.

Mi búsqueda es la de cualquier periodista: Observar y consultar a los protagonistas para luego contar. Toco la puerta en una de las habitaciones iluminadas por los rayos del sol matinal que se cuelan por las rendijas de las ventanas, dónde está sentada Iraima Marcano, quien lleva seis días en el hospital con su hijo que es cardiópata y presenta neumonía bilateral.

Es una veinteañera de piel morena de una frondosa cabellera recogida con una cola. Vigila el sueño de su retoño, de allí que cuida hablar en voz baja.

_ ¿Cómo le va?

_Digamos que regular

_ ¿Qué tal la atención hospitalaria, los medicamentos se los han suministrado?

_Algunos antibióticos me los han proporcionado, otros los compro afuera
_ ¿Qué ha debido comprar?

_El suero oral, no lo hay aquí en el hospital, comprarlo en la farmacia cuesta Bs 1.800. Las ampollas de Cefotaxima en Bs 600. Al no haber en la farmacia tengo debo buscarlos.

_ ¿Dónde?

_ Lo compro a una señora vende en Puerto La Cruz, el suero lo revende en Bs 2000.

_ ¿Una señora?

_ Sí, ella trabaja en una farmacia y nos lo consigue

Marcano responde cautelosa, pero su testimonio coincide con el de otros, relativa a la compra de insumos y medicamentos a particulares. Es a lo que se ven obligados muchos familiares por la falta de dotación.

En las habitaciones con capacidad para dos camas pediátricas el calor tampoco da tregua, disponen de un televisor y sillas en algunos de los casos para acompañantes, pero cada quien resuelve con un ventilador de mesa.

Tengo por costumbre escanear con la mirada, de allí que encuentro en lavamanos y mesas múltiples envases plásticos de jugos, comida, utensilios e incluso cada quien tiene almacenada agua en diferentes botellas de gaseosas.

Las condiciones sanitarias me parecen cuestionables por tratarse de un hospital, pero no llega a ser peor porque hay personal de limpieza haciendo su trabajo.

En el área de información e historias médicas, un grupo de enfermería se abanica repeliendo cualquier oportunidad de sudoración. Responden tajantes que desde 2015 es intolerable trabajar sin refrigeración en el lugar.

Sin ser experto, es de lógica que todo ambiente físico en un hospital incide en el proceso de recuperación de los pacientes.

Igualmente se han estudiado los riesgos a la salud del personal a raíz de condiciones inadecuadas de la infraestructura física.

 Si esto es de anteojitos, cómo entonces no se salvaguarda la sensibilidad personal y la dignidad humana de los pacientes y sus familiares, mientras esto persista, será imposible aminorar las ansiedades y  preocupaciones, especialmente en aquellos casos donde los pacientes y sus familiares estén atravesando momentos difíciles

El profesor Miguel Marcano,  habita en la zona rural de Naricual. Entretiene a su pequeña de 1 año que tiene una erupción prominente en su cara. “Tiene una infección producida por zancudos y neumonía”, dice. “Me han atendido bien. Me han facilitado antibióticos, menos la solución fisiológica”, añade.

Marcano cuenta que lleva una semana en el hospital de niños. “El suero oral lo he conseguido en la farmacia en Bs 1.430, pero los bachaqueros (revendedores) la revenden hasta en Bs 5 mil muy cerca del hospital. Sino la consigues en la farmacia, te dicen cómo encontrarla y el precio”, afirma.

La cama donde duerme su hija dispone de un mosquitero de color rosado, al lado hay un ventilador con las aspas expuestas. Comparte habitación con una mamá y cada quien se acomoda en aquel espacio reducido.

 “No es bueno estar sin aire, las autoridades deben resolver eso, porque los niños necesitan una habitación que tenga aire”, expresa rotundo.

En otra habitación hay una pequeña que juega en su cama, tiene un vendaje en su cabeza y un catéter en su mano. “Ella tiene una infección en la cabeza”, me dice una jovencita en la puerta de entrada. “Mi papá y yo llevamos con mi hermana dos semanas”. El hombre está profundamente dormido en una de las camas pediátricas desocupadas.

Unos metros más adelante la abuela Tomasa Solano, explica que debió acudir al hospital porque su nieto sufrió una caída, sumado a una fiebre alta, “pero no hay medicamentos para aplicarle”, expresa en tono denunciativo.

“He debido comprarle Dipirona fuera del hospital”, relata. “Los médicos me dicen que no puedo abandonar el hospital, aunque no hay medicinas.

He pensando en llevármelo porque soy de Aragua de Barcelona”, agrega resignada al vía crucis que afronta por un cuadro clínico, que en otras condiciones, habría sido tratado con eficacia y superado.

En 2010, cuando el precio del petróleo se ubicó en 100 dólares por barril, el hospital Rafael Tobías Guevara registró una estadística de atención de  600 mil niños, unos 4 mil pacientes mensuales, una cifra siempre en aumento desde el año 2006.

Este complejo de salud del oriente venezolano cuenta con una sala de urgencias con 10 camas para la atención de los pacientes, aunque la atención puede sobrepasar esta capacidad por cuanto hay ocasiones en las que pueden estar a la espera de atención hasta 50 pacientes en una guardia médica.

Actualmente la situación es tan deplorable en términos de atención, que los médicos se han visto obligados a pasar consulta a las afueras del hospital. Familiares, padres y representantes se las ingenian por su cuenta cuando no disponen de un medicamento crucial.

Es un panorama contradictorio, tomando en cuenta que Anzoátegui es una región en el mapa energético nacional que cuenta con un complejo petroquímico con industrias y empresas mixtas, de gas natural, refinería en expansión, comparte la faja petrolífera más importante del Latinoamérica.

Es tanto lo que borra la sonrisa en el rostro de Yelitza Narváez, una madre guanteña que tiene recluida a su hija por deshidratación fuerte y fiebre alta. “Aquí no hay medicamentos. Las condiciones son pésimas, desde la comida, el ambiente, todo”.

Esta mujer dirige su llamado de atención al presidente Nicolás Maduro y al gobernador, Nelson Moreno. Ambos son aliados políticos, con estilos de mandos mesiánicos y patriarcales, motivados por la retórica propagandística, a los reflectores mediáticos.

“Aquí llevo 16 días con mi hijo y desde que estoy aquí han fallecido seis niños”, es la afirmación de Narváez que revienta por la fiereza de su impacto.

Resulta cuestionable como luce de arrinconada la atención en un complejo hospitalario, cuando alcaldes y gobernantes oficialistas consiguen gastar cada feriado del año millones de bolívares y dólares en contratar músicos, cantantes internacionales y mega conciertos.

Es una danza de recursos tan grosera como absurda, cancelada en nombre del pueblo, ése mismo, que hoy está desprovisto de lo más elemental.

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