Opinión

Mucho RUIDO poca SABIDURÍA

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Alexis Castillo /@alexisnoticia

Más de 40 días de protesta han transcurrido desde el 12 de febrero de este año. Desde entonces la intensidad de las manifestaciones ha fluctuado, ha ido de vertiginosa a la calma, su saldo es funesto, violento y controversial.

Las cifras oficiales arrojan más de 30 muertos, unos 450 heridos y cerca de dos mil detenidos, alrededor de 121 todavía en prisión. La pérdida de vidas humanas es una bofetada a la paz, a la democracia, la más grave recriminación al liderazgo político y gubernamental.

La protesta de calle ha contado con múltiples expresiones de inconformidad, de respaldo, censura, de represalias. Ha transgredido incluso el sentido común. Ha expuesto cuánta rabia podemos transformar en odio, en barbarie, en llanto, en consignas. Ha sido ver correr una vez más el telón de la rivalidad entre dos modelos de país, sobre todo, ha permitido divisar otra vez la hipocresía en el discurso entre las partes en conflicto, entre quienes agitan los ánimos y la ciudadanía que, de un lado prefiere ser espectadora, y otra, que está resuelta en hacerse escuchar así sea avalando el cierre de calles, quemas de basura, colocando barricadas.

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¿Quién invirtió los propósitos de la protesta pacífica? ¿Qué justificó la arremetida contra quienes manifiestan? ¿Quién o quiénes rebasaron los límites de la lógica hasta llevarnos al episodio sangriento que nos sacude hasta la fecha?

La presencia de radicales en ambos bandos es inocultable. Son como clavos calientes que nadie quiere agarrar. Oficialismo y oposición saben de tales factores, todos los amparan y usan en grados diferentes.

A los  denominados “colectivos de motorizados” se les estimula y apoya, cual pandillas disputan territorios y encaran a manifestantes que sólo cacerolean y a quienes  se encapuchan desde la acera de las manifestaciones opositoras. A éstos últimos, también les sale la arremetida de los cuerpos militares y policiales.

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Las imágenes en redes sociales y los medios de comunicación que han podido reproducirlas, son dantescas, violatorias de los derechos humanos, ruidosas al punto que nos venden como un país en guerra civil, en absoluto primitivismo. Es un panorama triste que ha puesto a prueba al liderazgo político y ciudadano, lástima que sigue mostrando desacierto e hipocresía.

Cuando se le pregunta a los líderes universitarios por la justificación de la protesta, exponen conceptos e ideas basados en una realidad nacional. Por ejemplo, el no conseguir fácilmente la harina de maíz precocida o el papel higiénico, el conseguirla, pero a costa de una cola maratónica. Pero ¿Por qué resulta difícil que tal situación genere una protesta contundente y decidida en la clase popular?

Habrá quienes me refuten y afirmen que hay pueblo desde las manifestaciones originadas a partir del 12-F. No dudo que ha habido sociedad civil respaldando a los estudiantes, pero me disculpan, no ha sido en todas y cada una de las zonas humildes del país. Al menos, no ha sido así en Anzoátegui. ¿Será que se trata de un universo chavista?

Algunos “líderes” jóvenes no han puesto en práctica el poder de la palabra, les falta masificar el discurso, hablarle permanentemente y a viva voz a esa ciudadanía que quieren sumar a su causa.

Acercarse a la gente y abrir el debate es a mi modo de ver un asunto pendiente entre quienes propulsan la protesta y se despliegan en la calle. Significa hablar sobre las fallas, dónde se puede mejorar, por qué se sienten amenazados.

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¿Cómo hacer ese debate? ¿Es perder el tiempo? A mi modo de ver ese liderazgo debe conversar con la gente. El chavismo combina su estrategia comunicacional en distintos planos, una de ella es la difusión de logros concretos a todos los niveles y sectores del país, lo reproduce con un debate político e ideológico.

Quienes son contrarios al oficialismo deben pensar cuáles cosas les desconecta de esa población que no les acompaña. Hay quienes se dejan cegar por las emociones y no advierten que la calle es un lugar impredecible.

Si quieres ganar la calle hay que pisarla en forma directa y sincera, porque es así como también se renueva la función política, función por cierto, abandonada en algunos casos.

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El liderazgo universitario debe tener más que claro que el éxito a su propuesta de cambio debe ganarla sin entusiasmos circunstanciales.  La política como discurso debe construir realidades. La palabra es útil y el discurso con su contenido debe irradiar al universo ciudadano.

¿Cómo hacer llegar el mensaje para que la gente identifique, digiera y reaccione? Obviamente no llegará con ruido, sino con sabiduría.

 

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