Crónica

Dos pueblos al filo del espanto

Antiguo convento  legado por los misioneros franciscanos

Antiguo convento legado por los misioneros franciscanos

Texto y Fotos: Alexis Castillo @alexisnoticia

Un breve paso por poblaciones como Caigua y El Pilar, localizadas a tan sólo 25 minutos de Barcelona, capital del estado Anzoátegui, es sinónimo de emoción y desconcierto. Les diré por qué.

La carretera principal que conduce a ambos pueblos está pavimentada. Chévere. Lo desagradable es el montón de basura que adorna los bordes y se confunde con lo rural y reseco del paisaje en cada extremo de la vía.

Es una estela de casas humildes de agricultores, de labradores de la tierra, de criadores de animales que eligieron sembrarse en este territorio repleto de esperanzas en un mejor porvenir.

Y uno llega a Caigua, un pueblo sin mayores pretensiones, se abre paso en una feria cárnica de espanto. Como es una zona donde crían ganado pese a lo extremo del clima y la vegetación, tiene fama de ofrecer cortes de carne vacuna y porcina a precios bajos en comparación con los mercados agitados de la capital o de Puerto La Cruz.

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Caigua ofrece carne vacuna y porcina a precios bajos

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El mayor movimiento en este festival de tendones, muslos, grasa, sangre y moscas se desarrolla en horas de la mañana. Tuve suerte de llegar a las 11:00 am y el frenesí de vendedores y compradores se mantenía en efervescencia. Aquí el vallenato se entremezcla con la música llanera nacional. Las licorerías están rodeadas de cerveceros impenitentes y dispuestos. Hay ventas de arepas y empanadas, algunos mastican sin apuros, otros simplemente tragan.

Me indican ir en dirección al centro de la población, a la plaza Bolívar, donde se concentra la vida de esta localidad descuidada, con tantas calles rotas que indigna. Llego al corazón de Caigua, donde se sientan los ancianos, en la que juegan los niños y niñas. Donde bromean los más jóvenes y ladran los perros. En un plano general todo parece bonito, se observa la plaza con la iglesia Jesús, María y José de fondo, presagio un encuadre ideal. Un grupo de chicos se alborotan al notar que fotografío el lugar y estallan en risas.

Vuelvo al carro que he dejado encendido y conduzco hacia el templo católico pintado en blanco y amarrillo en su fachada principal. A un lado una torre con las campanas de hierro se alza vigilante. Las palomas revolotean en su altura. La iglesia está cerrada ese domingo y se acerca el mediodía, pero hace una brisa fresca y los árboles se mecen suaves. La calma impera.

Adyacente a este recinto religioso declarado valor histórico de Venezuela en 1960 está un sitio abandonado. “Eso antes fue un convento”, me grita un señor que se cruza conmigo al azar. Es una estructura de paredes de barro y piedras antiguas, está de color marrón, yace fantasmal, es un símbolo del pasado sin valor, todo un anzuelo de la curiosidad.

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 Un antiguo convento yace fantasmal

Resulta que es parte del patrimonio legado por los misioneros franciscanos que evangelizaron en el siglo XVII a los indígenas Palenques, Topocuares asentados en poblaciones cercanas como Píritu e igual a los que estaban bajo el mando del cacique Caigua. Los registros documentales apuntan que la fundación de Caigua se logró extraoficialmente el 24 de Marzo de 1667 con la reunión del Cacique y fray Manuel Yangüez. Estamos hablando de una tierra ancestral, de una zona de tradición folklórica como el Espuntón, una danza étnica, espiritual que responde a un ritual.

Me acerco a dos abuelos que conversan plácidamente en la plaza. Les pregunto por alguna área que pueda resultar de interés para un turista que quiera visitar el pueblo. Me sugieren ir al Aljibe, que es un espacio que en época colonial sirvió como pozo de agua. El desconcierto es una palabra cortés.

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En el fondo se aprecia un caucho de camión 350, bolsas plásticas, hierva seca, envases, basura. Un asco, una imagen que enciende el malhumor, porque es impensable que a los pobladores les importe nada en lo absoluto este panorama, tan desafortunado para el turismo que algún día será posible en esta jurisdicción. Claro está, cuando valoren lo que tienen. Mientras, la suciedad y el descuido perduren, Caigua espantará a cualquiera. Ojalá los habitantes y sus líderes locales tengan conciencia y verdadero AMOR por este pueblo.

Hablarles de El Pilar que está a unos 15 minutos de Caigua, sería reiterarles lo gris y triste. La vía de acceso al poblado es imposible. Los huecos se reproducen como un virus y desaniman.

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El Aljibe, un antiguo pozo de agua, exhibe un basurero que espanta

Igual ya estamos ganados a ver más allá y apostábamos a contemplar cosas de mejor agrado. Me encuentro con un pueblito humilde, apacible, sin pretensiones, más que las de fotografiarse a las puertas de su iglesia e inmortalizar el viaje. Luego huir a otro destino será más coherente.

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Son las 12:45 de la tarde y echo un último vistazo al lugar antes de partir. Hay un par de niños que juegan  zaranda en la plaza central, que podría ser a futuro un sitio de cafés temáticos, de negocios de artesanía, de hogares dispuestos al buen comer, de fogones y platos típicos, de dulcerías. Mientras, vuelvo a la realidad y decido retornar a Barcelona, con un sabor amargo, por un recorrido que no recomendaría hasta ver cambios que valgan la pena.

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