Reportajes

El oro dulce de los enjambres de Monagas

Texto y Fotos:  Alexis Castillo @alexisnoticia

Las abejas siempre me han inspirado respeto y les tengo mucho cuidado, porque he sido víctima de su picada. Les aseguro que duele a rabiar. Ni las espanto cuando miro alguna dándole vueltas a una lata de gaseosa o un envase de bebida dulce o helado.

Si el abejero lleva vestimentas protectoras se resguarda de picadas

Si el abejero lleva vestimentas protectoras se resguarda de picadas

Quienes sienten y practican un alto valor de la vida de una abeja son un grupo de hombres y mujeres en el estado Monagas, gente dedicada a la apicultura, un oficio como ninguno, que consiste en cuidar las colmenas rebosantes de estos nobles insectos de alas traslucidas y membranosas.

Ha sido toda una experiencia ir a mirar y compartir en el sitio donde se atiende un apiario. Nuestro anfitrión es el señor Hernán Brito, presidente de la Asociación de Apicultores del estado Monagas, un hombre de ideas ágiles y vocación conservacionista.

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 Nos internamos en un bosque tapizado de vegetación

Al llegar a Maturín dejo mi carro y en el viejo jeep de Brito nos enrumbamos vía Santa Bárbara. Es una de las zonas con actividad apícola como Aribí y Curiepe. El camino se hace largo, pero en el transcurso del viaje reluce el intenso verde del paisaje.

Nos internamos en un bosque tapizado de vegetación, de árboles frondosos, de pájaros revoloteando, de esencias en el aire. El sol está suave. Son las 11:25 de la mañana.

Llegamos directo a una casa en la que nos espera una familia de apicultores locales. El terreno es fangoso, quizá por una lluvia del día anterior. Nos saludamos todos. Son gente amable y sonriente. Mi olfato se impregna de olor a leña, a fogón típico de estos sitios campestres. Huele a café, en efecto, han puesto a hervir café en una olla.

Conversamos un poco y la charla es más amena con una taza de café recién colado. A los pocos minutos decidimos nos perder tiempo en prepararnos para ir a los apiarios. Me invitan a probarme un traje que parece de astronauta, me buscan un protector que envolverá mi cara, me enfundo guantes y aseguran broches en mis pies y manos. Mis anfitriones velan por mi seguridad, saben que una picada de abeja puede ser muy dolorosa.

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Me invitan a probarme un traje que parece de astronauta

 

Los abejeros acuden a revisar las colmenas instaladas en cajones de madera cerrados. Son estructuras en cuyo interior están los panales y en ellas una multiplicidad de colonias.

Llevan un ahumador, es como un pote metálico que expulsa humo, cuyo efecto es tranquilizante entre las productoras de miel. “Son abejas híbridas africanizadas las que criamos aquí”, dice Brito, y nos explica que mantener un apiario exige dedicación, ser vigilantes en el cuidado de estos nichos.

ahumador

Cada colmena está ubicada a distancia de otra, internada en los patios de las casas, en el abrigo natural. Reposan en una base alzada sobre el suelo, lo que impide la incursión de otros insectos como bachacos u hormigas que son indeseables en estos criaderos. Cada apiario tiene un abrevadero, en el cual las abejas beben agua.

Al ser destapados algunos apiarios con delicadeza, el enjambre se esparce por todos lados, algunas aterrizan en mi traje de astronauta, en mi brazo observo algunas, pero en ningún momento intento sacudirlas. Creo que si lo hiciera les causo un daño que no merecen.

“Necesitamos por apicultor 100 colmenas”, dice Brito, al tiempo que expresa la necesidad de apoyo financiero del gobierno, “por nuestra cuenta es poco lo que podemos lograr”.

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 “…el enjambre se esparce por todos lados, algunas aterrizan en mi traje..”

Los apicultores monaguenses sostienen un oficio en el que pocos se interesan, que se aprende por tradición oral, por amor al conocimiento, a la vida, a la naturaleza. Un apicultor no tiene la necesidad de descansar debajo de un árbol, porque si tuvieran mejores condiciones de habitabilidad en las zonas donde están las unidades de producción se mudarían a estos lugares.

“Con la miel satisfacemos la demanda interna y evitamos que la importen, por cuanto esa miel que traen de fuera no es de buena calidad”, añade Brito y recalca que “la miel da inteligencia y ánimo”.

“Tenemos el mejor cacao del mundo, pero si le incorporamos cuatro colmenas por hectárea, tendríamos mayor calidad y cantidad, lo mismo que a la naranja, la soya, la mandarina, la patilla, el mango, algodón, etc”.

El néctar de las abejas de Monagas es reconocido en Venezuela y más allá de nuestras fronteras, por cuanto las abejas extraen el polen de la flor del Mastranto, aromática de color azulado o blanco. Es abundante esta planta y la floración única en esta parte de Monagas, de allí su calidad y distinción.

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 El néctar de las abejas de Monagas es reconocido en Venezuela

las abejas extraen el polen de la flor del Mastranto, aromática de color azulado o blanco

las abejas extraen el polen de la flor del Mastranto, aromática de color azulado o blanco

“Así ha quedado demostrado en las pruebas que realizaron durante los congresos internacionales que hemos participado”, afirmó Brito.

En esta región del oriente venezolano se producen entre 50 y 80 kilos de miel por colmena, que puede ser usado en la elaboración de jabones, cremas hidratantes, vino, vinagre  y hasta medicinas naturales. La asociación de apicultores precisa que existen 8 mil colmenas en 80 unidades de producción en Monagas.

El apicultor Oscar Amaiz, explica que la miel ya contiene sacarosa y fructuosa en forma natural, muy distinto a los aditivos químicos del azúcar refinado. “Cuando compramos una miel en la calle no sabemos cuál es su origen”, dice.

Nos comenta que la jalea real es otro producto de gran demanda. “La hacen las obreras para la alimentación de la abeja reina, contiene una alta cantidad de nutrientes para que esta reina tenga condiciones y pueda producir. Es exquisita y muy costosa”.

Y no es para menos, porque el fruto de las abejas de Monagas es incomparable. Es un dulce que hace aguas la boca, es un privilegio, un elixir.

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