Crónica

Puerto La Cruz se profana en las noches

Alexis Castillo (@alexisnoticia)

Fotos: Cortesía Alcaldía de Sotillo

La tranquilidad es un jarrón chino, la noche cómplice cuando se recorren las calles y avenidas de Puerto La Cruz un día cualquiera, sobre todo un viernes. Hacemos una inmersión en los laberintos de esta ciudad, promocionada como turística, en compañía de autoridades y funcionarios del Municipio Sotillo que practican un operativo social.

La plaza Bolívar es el punto de partida. Está en pleno corazón del Casco Central de la ciudad porteña, en el eje norte del estado Anzoátegui, entidad petrolera, apreciado por sus playas. Son las 8:50 pm. El lugar está oscuro, aunque hay algunos faros cuya luz irradia las adyacencias. Un contrasentido por tratarse de un espacio público que es punto de paso y encuentro de muchas personas.

“Hemos sido advertidos de personas de mal vivir, que utilizan esta plaza para actividades que atentan contra la moral y las buenas costumbres”, afirma Julio Fuentes, director del Consejo Municipal de Protección del Niño, Niña y Adolescente.

Fuentes habla y señala: “Nos han reportado que aquí hasta hacen strippers”. Lo dicho sorprende, lo menos que esperamos escuchar es que sucede tal cosa durante la noche en la emblemática plaza que exhibe la estatua del Padre de la Patria.

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 “…aparece como un espanto ante nosotros”.

Decido caminar al centro de la plaza oscura, en dirección a un grupo de funcionarios  que conversa con algunas personas a las que interceptan antes de que se esfumen. Acompaño a Daniela Carreño, directora de Bienestar Social del ayuntamiento, quien aporta detalles de la situación general en este sitio. Pero, en cuestión de minutos hace entrada Sara Quintero, una mujer de unos 62 años que aparece como un espanto ante nosotros. Ha traspasado el umbral de la penumbra e intoxicada como está por el alcohol logra formular llamados de auxilio.

Con su dedo índice señala desafiante y echa en cara a Carreño, que no posee vivienda propia, que duerme junto a su esposo en un banco de cemento que le sirve de cama. Me acerco a constarlo y se observan unos cuantos cartones preparados como colchón.

“El alcalde Stalin Fuentes me derrumbó mi casa”, recrimina furiosa Quintero. “Duermo aquí desde hace 8 años”, responde coherente esta señora. “Me han intentado violar por dormir aquí”, revela y apunta su dedo índice en dirección a la Carpa de la Guardia Nacional Bolivariana que, a pocos metros, es utilizada como punto de control en el marco del Dispositivo de Seguridad Ciudadana (Dibise). “Como estamos cerca me siento segura”, expresa mientras un hombre al que señala como su esposo se muestra escurridizo.

Carreño cuenta que esta señora atraviesa por una condición de mal vivir, cuyo caso lo registra su despacho. Añade que recibe la alimentación en el comedor popular de la localidad. Con tanto afán, dejamos atrás a Quintero, en su intemperie, su drama, balbuceando reclamos y olvidos oficiales que afloran por el aguardiente.

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 “Seguimos en dirección a la calle Boyacá, sitio de reunión de prostitutas”

Seguimos en dirección a la calle Boyacá, sitio de reunión de prostitutas que extrañamente son invisibles esa noche. Son más de las 9:00 pm y en esta transversal no se divisa a ninguna trabajadora sexual en este trayecto, tampoco en la periferia. Es como si se las hubiera tragado la tierra. Las autoridades que se despliegan en la jornada social promovida por la alcaldía de Sotillo, siguen su marcha como si nada.

Lo cotidiano en la calle Boyacá  es ver a  distintas féminas, sea en el día o la noche, acicaladas a la espera de un posible cliente al que ofrecerles un rato de placer. Las hay jóvenes o  maduras.  Los vecinos y comerciantes se quejan, no obstante, sigue la fiesta. Rosalba de Córcega, vocera del Consejo Comunal de Casco Central, advierte que la buhonería sexual involucra a menores de edad.

Si va a pie o en automóvil un día cualquiera observará que están enfundadas en sus vestidos cortos, sus mini faldas provocadoras, exhibiendo sus curvas, las piernas. Las verá en actitud de alerta e igual ignorando las miradas de los curiosos, pensando en cualquier cosa o tal vez, que surja pronto un interesado en sus favores carnales. Ése, quizá, será el resuelve del día y de su “chulo”.

La toma nocturna de la calle Boyacá arroja dos únicos detenidos, un joven que conversaba con una chica. Los agentes  de la policía portocruzana (Polisotillo) le revisaron hasta el cepillo de dientes que llevaba en el interior de su bolso. El chico presentó una copia de su cédula de identidad. El procedimiento en estos casos obliga a llevarlo al destacamento.

Las horas van a paso veloz. Son las 9:35 pm. La comitiva oficial realiza paradas en la plaza Monagas al lado del hotel Rasil, en la prolongación del Paseo La Cruz y El Mar (antiguo Paseo Colón). Allí la inspección policial demora un poco. Un grupo de veinteañeros estaba aglomerado en este lugar también con fallas de alumbrado. Algunos son subidos al autobús de los detenidos. No portaban sus papeles.

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 “Héctor”, un hombre vestido de mujer.

En la calle Miranda es cuando apuran el paso las autoridades que participan del operativo social. Allí los agentes de Polisotillo retienen a “Héctor”, un hombre de unos 37 años vestido de mujer. También le solicitan su documentación personal.

La calle Miranda está atestada esa noche de personas que ingieren licor frente a un establecimiento. Por cierto, es en este negocio donde hay luz. El resto es una negrura.

El supervisor policial de apellido Figuera explica que se trata de un ciudadano que incumple la ordenanza de Convivencia Ciudadana. “No puede estar ejerciendo la prostitución en esta calle”, dice determinado.

Me acerco a “Héctor” y le pregunto el por qué de su presencia en esta zona.

—Voy de paso a reunirme con unos amigos— Contesta con voz de trueno que intenta hacer femenina.

— La policía señala que usted puede estar en situación de prostitución— le expreso.

—No, para nada. Soy peluquero, eso no me gusta—Insiste al tiempo que bate su larga y artificial cabellera que fija una gorra ajustada. Exhibe una sonrisa nerviosa, labios pintados fuera del borde, y una cartera al ras del brazo.

—Pasaba por aquí, pues voy en vía al Paseo Colón a beberme unas cervezas— Afirma.

“Héctor” sigue siendo solicitado unos minutos más por preguntas de rutina por Polisotillo. Los curiosos y otros funcionarios levantan sus teléfonos celulares y comienzan a hacerle fotos. Él posa cual estrella rutilante.

 “…ninguna chica poseía sus certificados sanitarios vigentes”.

Pasadas las 10:00 de la noche un bar de la calle Libertad llama la atención y los uniformados no dudan en ingresar. Detrás van los representantes del gabinete social del ayuntamiento. Unos minutos antes, al interior del comercio habían corrido velozmente un grupo de mujeres. Los gendarmes exigen bajar el volumen del merengue dominicano que retumbaba. Los contados clientes hombres que están presentes son puestos contra la pared y cateados.

Otro grupo de agentes policiales ingresa a los baños. Abren la puerta del sanitario femenino, de  inmediato salen en fila siete muchachas. Se tapan las caras al notar la presencia de un fotógrafo que dispara su flash incesantemente. Se juntan en un lado de la barra de servicio de licores. La más jovencita se muestra inquieta, nerviosa. Durante toda la redada no hace más que llorar. La policía reporta que ninguna chica poseía sus certificados sanitarios vigentes.

Todo en este lugar es un alboroto. Gente de aquí y de allá, registrando debajo de mesas y asientos, levantando cojines, hurgando en los rincones, hasta detrás de paredes falsas. Entre el rosario de sorpresas de la visita a la tasca, estuvo el resultado de la curiosidad de dos policías. Al escudriñar con una luz detrás de unas de estos muros sospechosos, descubrieron a dos menores de edad que estaban agazapadas. Salieron ellas muy dignas, emperifolladas, como si se alistaron para ir a una fiesta. Se mostraron algo asustadas por tanto bullicio, tantas miradas juntas.

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 “Detrás de estos muros sospechosos, descubrieron a dos menores de edad”.

“Los propietarios del local argumentaron que éstas corrieron a esconderse cuando notaron a la policía”, dijo Julio Fuentes, director del Consejo Municipal de Protección del Niño, Niña y Adolescente.

Es el final de la jornada y acaba con el cierre temporal del local como sanción formal, es lo obligado. Lo visto adentro es apenas un abreboca de lo que sucede también en las calles de Puerto La Cruz, más cuando la noche abriga con su manto cualquier espacio, cuando la luna vuelve carismática, seductora y frenética a esta ciudad. Una localidad como cualquiera, con su parafernalia, su agite, su drama.

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