Crónica

Sabana Grande

Redacción y fotos: Alexis Castillo (@alexisnoticia)

El aire envuelve todo con su frescura, el sol está tibio y pasear por el bulevar de Sabana Grande en Caracas se hace agradable e interesante. Es una zona en la capital del país, con una pujante actividad comercial, con el bullicio urbano característico y gentío. Pero, como ahora, el transeúnte encuentra limpieza, orden, seguridad.

Quienes viven en el estado Anzoátegui esta imagen seguramente les resulte extraordinaria, porque sabe del desorden imperante en el bulevar 5 de Julio de Barcelona, cuyo reguero de buhoneros mantiene crecido un bosque de tarantines, sin mencionar otros factores que enojan.

Es viernes en la mañana y Sabana Grande me recuerda yendo vía a la plaza El Pilar en Zaragoza, España. También en el preludio de diciembre, los artistas itinerantes se hacen presentes con sus marionetas, su show, canto,  maquillaje, disfraces, con su espectáculo entretenido para grandes y chicos.

En este día el paseo caraqueño está repleto de personas que están por todos lados, entrando y saliendo de las tiendas que escoltan, los centros comerciales que engullen compradores, los informales consiguen atraer con sus ofertas exhibidas en sus áreas apartadas, no están tirados en una acera, no venden a cielo abierto y esto se agradece.

Mientras camino, el tiempo avanza imparable, pero mi reloj marca las 9:37 am. Es temprano. Un grupo de personas, señoras y señores que rondarán los 50 y más años, contemplan contentos y sonreídos a un cantante que sacude notas melódicas con su guitarra. Entona un bolero.

Unos pasos adelante un actor disfrazado de “El Grinch”, destapa las risas y curiosidad  de los niños y las niñas. La caracterización de su personaje luce perfecto para sus grandes dientes. Los papás y las mamás también quieren tocarle, algunos chipilines osados le retan con su dedo. “El Grinch” les devuelve el guiño con sus largos dedos verdes y peludos.

Hay otras estatuas vivientes como el señor de El Tiempo y El Árbol que igual acaparan al público de distintas edades. Cada artista tiene un pote y deja a voluntad del espectador cualquier colaboración en efectivo.

En esto compiten con pedigüeños que nunca faltan. Uno de éstos, por cierto, implora casi a las puertas de un establecimiento de venta de ropa íntima una dádiva. Es un hombre joven, que desnuda sus piernas en busca de impacto. Una de desarrollo normal versus otra encogida y mal formada.

En este bulevar que se extiende por unos 2 kilómetros podrá apreciar algunas estatuas o esculturas que simbolizan  el juego infantil, al hombre sentado en un banco, como tantos al caer la tarde. Son obras que recrean el pulso de la vida en este territorio, lo representativo de la cotidianidad.

Hay de todo y quizá para todos. Otro tumulto se forma para ver jóvenes exponentes del Breakdance, y en otro extremo un conglomerado de cristianos evangélicos entonan una oración a viva voz y tomados de la mano. Forman un gran círculo y quienes animan esta cruzada religiosa atípica en un bulevar visten franelas con un mensaje estampado.

Al borde del mediodía me duelen un poco las piernas por tanta caminata imparable, así que persigo un banco en el cual descansar unos minutos. Lo encuentro y me detengo, de este modo observo en cámara lenta y cuadro por cuadro otras cosas.

A lo lejos una señora con exceso de maquillaje grita: ¡Café! Lleva cogida en la mano una bolsa con tres termos. Se detiene a saludar a una pareja que está frente a mí. No está sola, la sigue un pequeñín especial. Debe ser su hijo. Sus rasgos delatan Down. Es su guardaespaldas. Terminado el saludo y servido un café, la mujer emprende su marcha. Ahora grita: ¡Café y cigarros! Ambos se pierden poco a poco entre la espesura humana.

También sigue su andar otra fémina de tez tan oscura como la noche. Lleva una bandeja de dulces, coincide en una esquina con otras de igual estirpe. Las demás venden mango en bolsas. Exhiben los trozos cortados en bolsas plásticas transparentes, están sumergidos en vinagre. A distancia lucen unos más amarillos que otros, supongo debe ser por el grado de madurez, lo que les hace tentadores. Imagino degustarlos con esa mezcla avinagrada y dulzona del mango

La policía está por distintos sitios, los agentes recorren a pie y en sus unidades. Me levanto de mi asiento y voy rumbo a encontrarme con una amiga, así que en el recorrido diviso a un reportero entrado en años haciendo entrevistas seguido de un camarógrafo. Sabana Grande goza de un movimiento imparable, de olores diversos, de matices.

Nos hemos visto mi amiga Marian y yo, así que acudo a saludarle. Antes, atravieso un muro de burbujas de jabón que crea un vendedor y que flotan con los colores de un arcoiris en el ambiente. Es grato hallar a los amigos y las amigas en lugares que consigan distraernos de aquello que abruma.

Es más de la 1:00 de la tarde y pensaba que eran las 11 de la mañana. La liviandad de los rayos del sol me hizo pensar que aún era la mañana fresca.Vamos en dirección al almorzar en algún centro comercial. Luego decidimos volver al bulevar, me inclino por un café con leche, Marian, por una barquilla gigante de sabores. Entre conversación y anécdotas, volvemos a la paz que ofrece por momentos un banco. Sentado, observo que la limpieza corre por cuenta de unas damas que empujan un carro, como los usados en la venta de helados de paleta.  Ellas van diligentes, desapareciendo papeles, hojas secas de los árboles, vasos plásticos o cualquier otro desecho que lanzó al piso un inconsciente. Es Sabana Grande, vale la pena patear este rinconcito de  Caracas y probar qué todo puede cambiar, que es posible el orden, una ciudad más amable.

 

 

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