Crónica

El metro es una vitrina

Redacción y fotos: Alexis Castillo (@alexisnoticia)

En el metro de Caracas cualquier curioso de la diversidad se dará banquete observando las variopintas características de los venezolanos y las venezolanas. Desde el momento que decide entrar en los vericuetos del sistema de transporte subterráneo del país, se zambulle en un mundo diferente, que refleja un cambio incluso hasta en el comportamiento, el metro es una vitrina.

Sea cual sea la estación que elija, hay un gentío moviéndose por todos lados. Un viernes a las 9:47 de la mañana encuentra una tranquilidad que va acompasada de música clásica que suena en el ambiente. Escuchará a ratos algunas voces por altoparlantes que anuncian, explican y en algunos casos mencionan con nombre y apellido. Antes del mediodía las personas bajan y suben serenas las escaleras mecánicas, caminan, compran boletos sencillos, de ida y vuelta, multiviajes, etcétera. El pulso interno en el subterráneo no ha alcanzado niveles de turbulencia. Al menos, yendo desde Los Dos Caminos hasta Capitolio.

Hay un reguero de jóvenes entrando y saliendo, liceístas conectados al MP3, imbuidos en la música que almacenan en sus móviles de moda. Conversan entre sí, sonríen por todo. Los deportistas o asiduos al gimnasio van sport y con bolsos grandes a los lados.  Hay gente mayor que espera paciente su turno en la taquilla, puede verse al obrero hablar por teléfono, a algunas señoras conversando con la amiga, el ejecutivo mira su reloj insistentemente, todo el mundo está atento a la llegada del tren en dirección a Palo Verde o Propatria.

Pocos, por decir casi ninguno de los vagones llega con escasos pasajeros. Es probable que logre ingresar sin tener que empujar a nadie, pero lo usual es que tenga que abrirse paso entre muchos. Si corre con suerte en algunas de las estaciones podrá tomar asiento. El tren va a la velocidad de una bala, tarda minutos en llegar de una estación a otra.

En el transcurso del viaje los pasajeros y pasajeras van enchufados a sus cosas, a su cuentos, sus historias, sus males, sus dolores, la mayoría habla de todo y entre todos. Nadie escapa a escuchar sobre las travesuras del pequeño “Jonathan”, de peleas familiares, sobre la universidad, el trabajo pendiente de alguien, la cañería a medio limpiar del edifico tal, de Linkin Park, Justin Bieber, la dieta de los puntos. El tema político está ausente.

Quienes van en silencio,  leen un periódico o van con los ojos cerrados y audífonos inyectados a los oídos. Las mujeres sujetan las carteras a su pecho, las mamás buscan la manera de tranquilizar a sus pequeños inquietos,  nadie exhibe celulares costosos, son más quienes envían o responden mensajes de texto desde teléfonos convencionales, tipo Vergatarios. Los que corren con suerte de seguir con señal hablan, dan instrucciones, opinan y charlan tendidamente también desde sus móviles.

Lo que arroja el panorama es una galería. A bordo del metro se observa una multiplicidad de rasgos, culturas, gustos y formas. Hay féminas entaconadas o con sandalias, van acomodadas, acicaladas de pies a cabeza, aún las más sencillas.

Los caballeros en su mayoría van decentes, algunos como si van a la playa, pero la generalidad es que todo el mundo sale a la calle con un mínimo de arreglo. Los abuelos y abuelas son más formales. Las más coquetas se ven de portadas y las más osadas siguen retocando el maquillaje. Lo que más se observa moviéndose en metro es esa rica mezcla de colores que signa a los venezolanos en su rico mestizaje, mayoritariamente en el metro hay muchos morenos, morenas, unos más, otros menos oscuros.

Seguramente se tropezará con una rubia de pechos apuntando al sol, o un chico pelirrojo y blanco como el algodón. Los caraqueños y quienes se han adaptado a vivir en esta urbe alborotada, caótica y seductora no pierden tiempo en verse bien. Somos así, de este modo son las cosas en esta tierra.  Hay diversidad, hay belleza, por supuesto que hay lunares de fealdad, pero estimo que el 99% de lo que mirará es agradable a los ojos.

En el metro de Madrid, España, es posible deleitarse con un cantor itinerante en el vagón. En Caracas es algo factible, aunque proliferan vendedores ambulantes. A las 10:20 am hay uno de estos informales vestido como futbolista,  ofreciendo un dispositivo menudo que enciende una luz fluorescente que sirve en la oscuridad. Anuncia su oferta y recomienda comprarla, en caso de un apagón y queden en penumbras atascados en algún tramo de la línea.

El recorrido es una aventura, se hace menos pesado si se cuenta con fresco del aire acondicionado, que por cierto, lo refrigerado se reduce cuando la marcha se emprende y el vagón va atestado de usuarios y usuarias. A las 12:05 pm surge una locura. Medio mundo decide trasladarse por este sistema. Aquí relajase, respire hondo, sea valiente y esté pilas con sus pertenencias.

Pasado el mediodía las colas se alargan, toda la gente quiere entrar y salir del metro, necesitan transportarse. Es más que posible que vaya apretado. Si logra entrar al vagón elegido, es muy probable que le empujen, jaloneen, sin importar si es usted un adulto mayor, una doñita, o una madre con el apuro de llegar a casa con los niños que estaban en la escuela. Olvídelo, aquí se acabó la cortesía. Tranqui

lo, tranquila, espere utilizar las escaleras junto al  enjambre de personas. El frenesí, las carreras, verá a varios a paso veloz deslizándose por las puertas de acceso.

Es un contraste necesario, es el metro de Caracas, como le dije: una vitrina.

 

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