Reportajes

Música y deporte son válvulas de escape en el “Infierno de Puente Ayala”

Redacción y fotos: Alexis Castillo

@alexisnoticia

Violencia, sangre, balaceras y hacinamiento son imágenes que revolotean  en la mente cuando se habla de las cárceles, pero de la penitenciaria José Antonio Anzoátegui, ubicada en Barcelona, uno puede llevarse otra impresión.

El basketball, la música y la artesanía han sido antídotos del Plan de Humanización para conjurar espantos en esta prisión conocida como el “Infierno de Puente Ayala”.

“Le decimos a la gente que aquí todo ha cambiado”, afirma Greimel Gutiérrez, de 31 años, un hombre macizo de baja estatura que funge como piloto de Tigres del Sur, el equipo de baloncesto integrado por reclusos y que ha cosechado múltiples victorias dentro y fuera del penal.

Durante la mañana han jugado animados bajo un sol sofocante, que les acelera la sudoración.

 “Estamos humanizándonos”, responde este interno que viste camisa gris y exhibe un mechón blanco en su cabellera, al que todos apodan “el causa”  por su rol de líder entre varios reos que no superan los 30 años de edad. “Jugamos porque queremos reinsertarnos en un futuro a la sociedad, porque el deporte nos humaniza y es uno de los recursos que tenemos para lograrlo”, expresa, mientras las miradas de otros reos se posan sobre él.

Gutiérrez se muestra animado cuando recuerda que Tigres del Sur ha vencido en distintos partidos a equipos aguerridos del barrio El Espejo, La Ponderosa, Tronconal III, la Unefa, Pozuelos. “Hemos realizado 32 encuentros en el internado y  uno afuera”, añade.

“A todos les hemos ganado”, dice y de inmediato se dibujan sonrisas en los rostros de sus compañeros, todos del área de la cancha, un espacio que en su mejor tiempo estuvo delimitada por una cerca metálica. Era sólo la continuación del buen ambiente que se vivía esa soleada mañana. Aunque nunca había estado allí, se notaba que ese era un día normal, y no por tener en el patio a un joven portando un arma en cada mano, sino porque era el día en el que junto al entrenador tomaban una vez más el balón para olvidar los días de encierro, los errores del pasado.

“Nuestra fortaleza es el entrenamiento fuerte y la disciplina. Jugamos  siempre todas las mañanas durante cinco horas en la cancha”, cuenta “el causa”, oriundo de El Tigre y agradece el apoyo del la Gobernación del estado,  Ince, Unefa, La Defensa Pública y la dirección de reclusión por promoverlos y dotarlos de uniformes.

Aprendizaje

Con 24 años de edad, Jesús Guarayoyo, tiene el aspecto de un adolescente, delgado y en instantes tímido al hablar. Dice que el deporte lo ha alejado de la convivencia hostil, pero no esconde que por más que la penitenciaria tienda a ser mucho más humana, la tensión a veces es inevitable.

“Nos compenetramos como equipo y sabemos como juega cada uno”, sostiene con su mirada distraída este prospecto de deportista, quien forma parte de las filas de equipo de fútbol que también se llama: Tigres del Sur.

“Jugar es una motivación muy grande, nos distraemos, porque estamos claros que pagamos una condena aquí”.

– ¿ Porqué estás aquí?

– Un delito, un delito…

– ¿Cuál en tu caso?

– Me acusan de secuestro

– ¿Hace cuánto estás en prisión?

– Voy para dos años

¿Qué es  pasar los días en esta penitenciaría?

– Es un aprendizaje más de la vida, llego a un lugar muy pequeño en el que caemos todos. Es algo que me ha enseñado, muy distinto a lo que es la sociedad. Estamos en esta prisión y nos consideran delincuentes y pienso que como seres humanos cometemos errores y eso lo pagamos con sanción.

– Uno te escucha  y nota que hablas con mucha fluidez. ¿Estudiaste?

 – Llegué hasta quinto año

– Si te expresas muy bien uno puede pensar que así piensas ¿entonces qué te pasó?

 

– Todos fallamos. Nadie es perfecto.

– ¿Has sentido miedo de estar aquí?

– No. Nunca he sentido miedo. Si hemos cometido faltas, las corregimos. No siento miedo, todos aquí somos amigos.

La verdad es que Guarayoyo no se había fijado mucho en el agite que generaba en la cancha el entrenamiento de Tigres del Sur. Tampoco Dennis Romero, de 23 años, quien estaba tejiendo unas pulseras de mostacillas de colores amarillo, verde y rojo, resguardado en la sombra que daba el techado de un espacio adyacente que antes era una zona de descanso de jugadores.

 “¿Qué está tejiendo?”, le pregunté. “pulseras”, respondió. “Pero él también toca la guitarra y es parte de la estudiantina, además declama”, revela Silvia Illescas, periodista de la penitenciaria, para resaltar otras cualidades ocultas.

Tras contar que había aprendido a tejer con un recluso amigo que estuvo en Puente Ayala por traslado, me contestó renuente que cumplía una condena por homicidio.

Romero, miraba al piso y prefirió estar concentrado en hacer algunos nudos y engarzar al tejido las diminutas mostacillas mientras conversaba. “Aquí tengo tres años y medio, he podido estar bien, al menos las cosas aquí en la cárcel han mejorado internamente”, responde cortante este anaquense.

Su sentencia es de 18 años, pero se muestra esperanzado en recibir un beneficio por su buen comportamiento y apoyo familiar. “En cuatro años tengo posibilidades de que revisen mi situación”. La frase la dice resignado y sabiendo que lo único que puede hacer es esperar.

La coordinadora nacional de Derechos Humanos del Sistema Penitenciario, Luz Marina Ureña, explica que contrario a otros tiempos, la población penitenciaria cuenta en estos momentos con mayor asesoría  y celeridad en el estudio y sentencia de sus casos.

Ubicada junto a otros tres funcionarios a las afueras de un local que sirve de barbería, Ureña, comenta que “en este penal hemos dispuesto de dos delegados como en los distintos penales del país para que los internos puedan revisar su situación jurídica, computo de la pena, antecedentes penales y práctica del examen psicosocial para acceder a un beneficio”.

En el penal de Barcelona las autoridades judiciales han encarado con revisión permanente la acumulación de casos pendientes. Esto ha incidido en disolver episodio de protesta entre una población de 775 procesados y 336 penados (cifra en 2011).

Estudiantina musical
Al lado de la barbería, el compás de un joropo oriental fluye a través de las cuerdas de un cuatro y retumbaba en los muros de la prisión. Antonio Leroy, es el instructor musical y ensaya con cinco reos miembros de la estudiantina.

La música es un elemento que les provoca placer y es mayoritariamente aceptada y disfrutada por docente y alumnos. Todos tocan simultáneamente la misma melodía pegajosa y alegre. “Tenemos año y medio con la estudiantina  y se han integrado 14 internos. Contamos con pocos instrumentos, pero logramos darle participación a todos los que quieran”, dice Leroy, ubicado al centro del grupo.

Entre los ejecutantes se observa una camaradería, mientras practican los invade un gozo, como si a través de la música pudieran correr libres, vivir otros tiempos, estar en otro lugar fuera de aquellos muros. “Todos aprenden a leer música, al menos el cifrado de cuatro lo leen perfecto”, refiere el profesor.

Articulación

En las áreas de talleres los reclusos van de un lado a otro, la mayoría están sin camisas. Algunos observan curiosos, otros están dedicados a distintos quehaceres: lavan, cuelgan ropas de todos colores en tendederos improvisados, mezclan cemento y arena para hacer bloques de concreto.

El ruido que provoca un esmeril rebota ensordecedor desde el área de herrería por todo el lugar. Allí un grupo de internos fabrica una puerta de latón. Al frente están los artesanos que acomodan sus piezas acabadas, otras en proceso de culminación. Tienen en el piso varios marcos para espejos a los que les falta el esmalte para darle brillo.

El maestro artesano es Kelvis González, un hombre robusto de 33 años, quien lleva tres años en el penal. “¿dónde aprendiste este oficio?”, le interrogo. “En la cárcel de la Pica”, contesta. “Hice unos cursos con el Ince y desde que estoy en esta cárcel sigo haciendo artesanía”, agrega mientras serrucha una madera.

“¿Qué hacemos? Pues, peinadoras, camas, closet, lámparas, muchas más cosas”, refiere este recluso que agradece el apoyo familiar de los aprendices y artesanos por comprar y vender fuera las piezas realizadas. “Y con ese dinero se compra más material y artículos de uso personal”.

Lo mismo dice José Antonio Valdivieso, artesano del barro y la arcilla. Sus figuras de animales, floreros y porrones pueden cotizarse entre 80 y 100 bolívares. “Y las que se venden más son los porrones y las figuras de animales, sobre todo durante los días de visita salen a la venta”.

Valdivieso afirma ser cristiano evangélico: “en nombre y honra de Dios”. Como él otros reclusos se convirtieron al cristianismo en prisión. Con cinco años y medio en el internado, sus días transcurren entre el moldeado de formas  y la práctica de la fe.

Las paredes internas del galpón que servía de iglesia  y en el que se congregaba junto a otros compañeros, habían sido demolidas. Alrededor de 20 jóvenes sacaban escombros en carretillas desde el interior del local. La jornada era amenizada por un vallenato estridente.

En Puente Ayala los reclusos conviven en varias zonas: Kosovo alberga a 127 reos, talleres unos 488 en talleres y 496  el área administrativa  para un total de 1.111 reclusos (2011).

El director del penal, Ronald Penzo Valero, sostiene que el establecimiento de módulos educativos, culturales, deportes, formación para el trabajo y reinserción social, se encuentran entre las actividades que han implementado dentro del tratamiento hacia el privado de libertad.

“Aquí los internos han podido contar con el plan de alfabetización hasta cursar en la Misión Ribas y Robinson”, sostiene. “Han sido precisamente las acciones en pro del deporte, la educación y el trabajo lo que ha influido en el descenso de la violencia en el penal”.

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