Crónica

Feriantes a tiempo completo

Alexis Castillo

@alexisnoticia

 

La venta ambulante, en plena vía pública,  el comercio informal, crece a la velocidad de una enredadera en toda Venezuela, sea pasea a sus anchas, vive sin control de natalidad, se colea por las esquinas, por cualquier calle o avenida.

Es un paisaje urbano que permite al andante comprar y rechazar en un mismo tiempo en una relación de dependencia,  necesidad y estorbo. Los buhoneros del 2×1 están en todas partes, son quincalleros de siempre y de ahora. Son feriantes a tiempo completo, bajo el sol que rostiza o la lluvia torrencial.

Más allá de análisis sociológicos, escarceos históricos, anuncios y precisiones estadísticas, la buhonería, tal como es: sufrida, utilizada, estudiada, odiada, incomprendida, avalada y perseguida, tiene rostros, nombres y apellidos: Antony González, dice llevar 10 años en el oficio, ofrece al público CD “piratas” en un puesto en la prolongación de la avenida 5 de Julio de Puerto La Cruz, enclave turístico del oriente venezolano.

“Esto es lo que me permite dar de comer a mi familia, porque trabajé en la petrolera y no conseguí un chance más, lo que obtuve como liquidación lo invertí en un vehículo con  el cual trabajé como taxista.  Me lo robaron. Con el dinero que ahorre después en otras cosas que hice pude comprar esta mercancía y me va mejor”.

En el bulevar 5 de Julio de Barcelona está Edgar de 13 años. Sus padres Raúl Torviño y Nélida Gómez son los dueños de un espacio en esta céntrica zona comercial de la capital del estado Anzoátegui. Ambos son ariscos, patean la ciudad hace añales, han intentado varias opciones de negocio antes de dedicarse a la buhonería.

Lo mismo dijo Manuel Méndez, quien laboró como chofer en una empresa de gaseosas, lleva siete años vendiendo ropa en la calle, tiene una venta de jugos de sobres en otro extremo del bulevar que atiende su sobrino.

A Luis, “no tengo apellido”, lo encargaron de atender una ferretería ambulante. Lleva una gorra blanca de pelotero y dice que acaba de cumplir 23 años de edad. A los 10 ingresó a la economía realenga. “Mis papás son gente pobre y he vendido desde empanadas hasta cigarrillos. Este puesto es de unos peruanos, se los atiendo y me gano algo”. Luis recibe unos 100 bolívares al día: 500 a la semana. Debe costearse su comida y trabajar desde las 9:00 am hasta las 5:00 de la tarde.

Hay muchos otros chicos deambulando por las siete cuadras por las que se extiende este paseo capitalino, tal parece que las garantías de la seguridad social y las leyes que benefician a los menores les son ajenas. Luis aspira poder superarse y sacar una profesión universitaria, por ahora, el presente lo sumerge en una realidad de sobrevivencia.

Nadie puede dejar de mirar con curiosidad el jabón de tierra que exhibe en un cajón el señor Pedro. Está instalado en una de las transversales de la plaza Bolívar de Puerto La Cruz. Menos, se puede dejar de conversar con Amalia en puesto de mil posibilidades donde tiene: cuchillos, engrapadoras, enchufes, mentol, juegos de dominó, linternas y espejos. “Tengo 57 años y mientras pueda venir a trabajar en este puesto lo haré”.

¿Quiere permanecer todo el tiempo vendiendo en la calle? —le pregunto.

La respuesta llega en la voz ronca de un compañero que grita a poca distancia:

—Los buhoneros estarán en la calle el día que nos mejoren las condiciones del mercado y tengamos seguro la venta allí— afirma el informal.

El asunto es que, bien recorriendo el bulevar barcelonés o caminando cualquier calle en pleno Casco Central de Puerto La Cruz, yendo o saliendo en automóvil de ambas  urbes, uno se tropieza y encuentra de todo: Billetes de lotería, guarapo de caña, tijeras, carteras, frutas, ropa para todo lo que guste, vea y mídasela por encimita. Matarratas, velas, muñecos, callicidas, peinetas, filtros de agua y de amor también. Menudencias de primera necesidad, bagatelas imprescindibles para una ciudad en eterna feria. 

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