Crónicas

Cariaco es una ruta de quincalla

Redacción y fotos: Alexis Castillo
(@alexisnoticia)

Emprender el viaje hasta la población de Cariaco es ir en búsqueda de la tranquilidad que espanta el bullicio urbano habitual. Claro está, hay cosas que siguen causando ruido y le devuelven a ratos “el tics nervioso” en el ojo izquierdo a algunos.

Ahora bien, moverse por carretera desde esta población, capital del municipio Ribero en el estado Sucre, al oriente de Venezuela, hasta el vecino estado Anzoátegui es ir contemplando pueblos costeros en su mayoría habitados por pescadores, agricultores y artesanos que esperan al visitante en su recorrido para mostrarle su talento y el resultado de su faena. Es lo más parecido a una quincalla, uno se encuentra de todo.

Sin perder el cuidado de esquivar huecos en la vía, no pierda tiempo y bájese a comerse unos ricos dulces en Cerezal. Hay en plena vía puestos donde jóvenes y adultos le informan del precio de un conserva, de un turrón, de un “besito”, todos a base de coco, fruto predilecto y prolífico en esta zona. Le atienden amablemente.

Al bajar del vehículo es grato conversar con Audelis García, quien elabora y vende estos dulces típicos. Llegué temprano como a las 10:00 de la mañana. Nos comenta lo delicioso que son las conservas de coco, que tiene ordenadas en bandejas. Se ven suculentas, y tan sólo saber que las probaré me hace agua la boca.

Hay de distintos colores: blancas, rosadas y marrones. Éstas últimas las llaman turrones. Su sabor es de inconfundible “papelón” cocido al calor del fuego de la leña en un fogón. Es dulce, suave, su textura chiclosa por el azúcar fundido con la ralladura del coco.

“Como están recién hechos los dulces te recomiendo el beso de coco”, sugiere García. Le hago caso y le pido llevar dos. Pruebo un trozo, es como llevar alegría al paladar. Es una doble explosión de sabor que celebro.

Al lado del puesto de esta sucrense de pura cepa, están otros en los que sus dueños ofrecen distintas artesanías: caballitos de San Juan, floreros, porrones, sombreros, muñecas de trapo, cestas. Es un carnaval de colores y productos hechos a mano por los propios lugareños. Esta gente se siente orgullosa y lo transmite al responde cuando se les pregunta cuán difícil es realizar estos objetos a base de materiales naturales.

Deberían las autoridades tenderles la mano a esta gente de Cerezal y mejorarles las condiciones para que redoblen su atractivo local a favor de un turismo más atractivo, menos a la deriva, menos improvisado. Sería un placer poder detenerse en este pueblo y sentarse en un café con sillas y mesas, poder fotografiarse en un collage gigante que muestre lo autóctono en este paraje. Sería una delicia escuchar que en Cerezal puedes comprar las conservas de coco y escuchar de un guía el proceso de elaboración de este manjar. Sería excelente que los que tanto hablan de turismo en Sucre, hicieran más por cristalizar las mejores condiciones en esta parada obligada.

En fin, subo al carro y sigo mi camino en automóvil de regreso a Barcelona con mi bolsa de dulces. Conduzco unos cuantos minutos y tampoco dejo de hacer un alto en los puestos de los vendedores de mariscos que están a un lado de la carretera en el pueblo La Peña, municipio Mejía.

“Aquí tenemos la pepitota, el gallito, el arrechón, rompe colchón y tripa e´perla”, me contesta un pescador al preguntarle sobre la variedad del día. “Esto es lo que pescamos mar adentro en el Golfo de Cariaco”, remata mientras acomoda el montón de conchas, de cuyo interior se extrae una carnosidad que al comerla levanta pasiones y ánimos por su poder afrodisíaco. Al menos es lo que afirman.

“La gente dice que es un viagra”, dice entre risas el pescador y la misma sonrisa pícara estalla en el rostro de los que le escuchan.

Si es de lo que le gustan los productos del mar sumergidos en vinagre, podrá adquirir un envase por 25,50 u 80 bolívares en este sitio. Los lugareños también suelen ofrecerle a los compradores comer el molusco crudo tan sólo bañado en jugo de limón. Usted tome sus previsiones, pero es toda un exotismo.

El día resulta fresco. Nuevamente en la vía, voy pasando distintos pueblos y admiro la costa, su azul encendido, los botes que se pierden en la profundidad. Bajo los vidrios del vehiculo y respiro el aire, dejo que la brisa envuelva mi cara, oxigene todo.

Me percato de un puesto singular a un lado de la carretera. Me bajo a fotografiar los envases del árbol de la Tapara que tienen Juan, un señor de unos 45 años que es mudo. Nos recibe de muy buen humor y nos permite inmortalizar su hechura con este material propio de la zona.

A 20 minutos de trayecto me encuentro también en plena carretera a Elena y Juana, dos batalladoras del día a día. Dos sucrenses que desde la madrugada se levantan disciplinadas a moler el maíz que servirá de base a las tentadoras cachapas y las arepas. Uno trata de evitar no ingerir tanto carbohidrato, pero es imposible decirlo no a esta comida popular.

_ ¿Desde qué hora se levantan y comienzan a hacer estas arepas de maíz? Les pregunto.
_ Mijo, a veces desde la 1 de la madrugada_ Responde Carmen, la más habladora.
_ Es rudo_ insisto.
_Claro, pero tenemos diez años en esto mismo, estamos acostumbradas.

Eso me confirma una vez más lo valiente son las mujeres venezolanas, su entrega por el trabajo. Me trae de vuelta a la mente a mi madre hermosa, que está hecha de esta misma sustancia y fortaleza.

En mi ruta al estado Anzoátegui, dedico un par de minutos a San Antonio del Golfo, sobre todo al paseo que disfrutan y recibe a propios y extraños en este pueblo sucrense. Tomar el aire aquí es recargarse de energía. Miro el horizonte, sólo pienso en lo generosa que ha sido la naturaleza y la bendición que tenemos los orientales de contar con una plenitud marina.

A lo lejos diviso un peñero con motor fuera de borda que surca las aguas oceánicas, van en dirección a un enjambre de peces, escoltados por los pájaros, envueltos por la bruma, bajo el sol ardiente.

Consigo despegarme de este paisaje y retomar la senda. En la autopista de Cumaná recuerde los puestos en los que venden el dulce de leche en panela, la pulpa de tamarindo, los bocadillos de guayaba, los higos en almíbar.

Viajar a Cumaná y olvidar la tradicional naiboa es un pecado. Este derivado del casabe relleno de papelón (jugo de la caña de azúcar evaporado a cocción) y anís estrellado lo ofrecen también los vendedores en las alcabalas.

En estos mismos sitios, por cierto, observo a una mujer embolsando consigues, este fruto cuya textura se asemeja a la manzana, aunque su sabor varía del grado de madurez que tenga. Me recuerda mis días de infancia.

Ir o venir del estado Sucre se convierte en una aventura gastronómica de lo autóctono, que en nada tiene desperdicio, salvo que la vialidad es de sumo cuidado. Tiene la posibilidad de encontrar hasta picante a base de vegetales coloridos que adornan las mesas en distintos tramos. Es toda una experiencia, un imán que sólo es posible en Venezuela.

Un pensamiento en “Cariaco es una ruta de quincalla

  1. cerazal un pueblo lleno de culturas y tradiciones en las caras de cada muñeca de trapo , te quedas encantado recorriendo cada quincalla buscando un presente que traer , a tus amigos oriente lo mejor …

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